YO CONOCÍ


Amparo y Federico, en Vigo

A mi hermana Amparo la conocía desde el punto de vista humano, pero nunca comprendí la profundidad de su Amor (con mayúscula porque era Amor a Dios).

Vivimos quince años bajo el mismo techo en familia. Siempre fue además de mi hermana mi segunda madre, por los años que me llevaba y porque era mi madrina.

Recuerdo aquellos años, desde que tuve conciencia, como unos años felices en los que mi madre al quedarse viuda hizo de padre y de madre. Al fallecer mi padre mi hermana Amparo tenía solo doce años y yo dos años y medio.

En nuestra casa se rezaba el rosario todos los días y mi madre iba a misa diariamente y con mucho esfuerzo nos llevó a los cuatro hermanos a colegios religiosos; para ella lo más importante era nuestra formación religiosa, moral e intelectual.

En ese ambiente de fe crecimos y mi hermana Amparo por ser la mayor de todos y seguramente por la muerte de mi padre, maduró pronto, dándose cuenta de lo que era importante en la vida. De ahí, creo yo, viene esa entrega a la voluntad de Dios y esa renuncia al pecado.

Cuando se casó mi hermana Amparo yo tenía quince años. La víspera de su boda sentí que esa unidad familiar se rompía al irse Amparo de casa.

Me ha costado mucho comprender porque se ha empezado el proceso de beatificación sobre la vida de mi hermana; en principio me daba miedo, además siempre he sabido que era una persona buena, al disculpar actuaciones claramente censurables de otros. Encontraba normal su actuación, no sé si porque era mi hermana o porque en mi madre siempre vi esa confianza en Dios, su gran fe y su dedicación y amor hacia nosotros.

Amparo no sólo se volcaba en atenciones y en dedicación hacia su familia, si no con todas las personas que tenía a su alrededor, aunque fueran desconocidos que se cruzaban en su camino. Era afable y dulce en el trato con todos y en su casa se respiraba un ambiente de alegre paz, haciendo que te encontraras como en tu propia casa.

Viví temporadas con ellos y pude comprobar lo dicho antes. Otra cualidad de mi hermana era que sin agobiarte y con naturalidad hacía que te sintieras importante al centrar sus atenciones en cada uno en particular . Era grande su capacidad de amor, por eso estaba pendiente de hacer la vida agradable a todos. Tenía Amparo un carácter fuerte que sabía controlar y sacarlo cuando hacía falta, defendiendo sus creencias confirmeza, pero siempre respetando a los demás.

Poco a poco he comprendido que nada sucede (como decía Amparo) sin que Dios lo permita. Y si su voda, por este proceso se divulga y sirve de ejemplo a otras personas para entregarse con alegría y optimismo a la voluntad de Dios, viviendo con fe, esperanza y amor su vocación, tiene sentido el haber incoado este proceso de beatificación.

Ahora entiendo que para ser santo no es necesario hacer cosas extraordinarias, lo importante es conocer el Amor que Dios tiene a los hombres y reflejar con nuestros actos ese Amora los demás, como hacía Amparo.

La paz y armonía que se respiraba en su casa era fruto del amor que existía entre Amparo y Federico (su marido) y que irradiaban a su alrededor.

Dios quiera que nos reunamos todos en el Cielo.

Mercedes Portilla Crespo (Valencia, Septiembre 2011)


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