YO CONOCÍ


Mª Isabel Picazas
noviembre 1975

Conocí a Amparo a los ocho años en el colegio. Nacimos el mismo año y estuvimos en la misma clase hasta que terminamos el colegio y el examen de Estado. Seguimos saliendo juntas en pandilla. Se casó antes que yo y se vino a vivir a Madrid, después me casé y seguimos tratándonos; además nuestros padres eran compañeros de carrera.

Del colegio la recuerdo como una chica normal, si hacíamos algún comentario: es que fulanita ¡es tan antipática!,  ella decía, ¡sí pero es tan…! siempre veía la parte buena y encontraba el punto agradable de cualquier persona y una disculpa: veía la parte positiva de todo, jamás hablaba mal de nadie.

Amparo no se llevaba mal con nadie. Unas teníamos más simpatías con unas que con otras y eso se notaba; Amparo se llevaba bien con todo el mundo, todo era suave, todo llevadero, todo estaba bien. Jamás la he visto enfadada.

Durante la guerra no nos vimos. Nunca la oí comentar nada de los que habían matado a su padre. A otra compañera de clase durante la guerra le habían matado a sus padres y a veces se quejaba; a Amparo jamás le oímos nada, es más yo creo que muchas no sabían ni siquiera que le habían matado a su padre en la guerra.

Siempre estaba involucrada en algo; algún día fui al barrio del Carmen donde Amparo daba catequesis. Cuando vine a Madrid me llamó por si queríamos formar parte de los equipos de matrimonios de la Obra Apostólica Familiar: otra compañera de clase y amiga nuestra era de una asociación religiosa y te ponía la cabeza como un bombo, te decía: ¡pues tienes que venir!, sin embargo Amparo, todo suave, todo dulce, y decías, pues es verdad ¿por qué no vamos a hacer esto?: son maneras distintas de ver las cosas. Con Amparo todo ha transcurrido con dulzura, con paz, con serenidad, con alegría.

Confiaba mucho en Dios y tenía fortaleza interior, no se quejaba nada, era una mujer fuerte, pero fuerte interiormente y para las adversidades, no de carácter fuerte; ni de la muerte de su padre, ni de las adversidades que tuviera su madre para sacarles adelante, nunca se quejó, supongo que pasarían dificultades, jamás la oí quejarse, ni compararse.

A mis amigas siempre les he dicho: tengo una amiga que es como una santa moderna, mi marido (1) opinaba igual; pienso que las santas modernas tienen que ser así; sin grandes hazañas, siguiendo la vida que Dios nos ha destinado y llevarla lo mejor posible, una vida normal: Amparo no era ñoña, era muy creyente, muy optimista, con mucha confianza en Dios, tenía siempre paz espiritual. Todas la conocían de referencia, siempre me decían ellas: esa amiga tuya que dices que es tan buena, y les decía: si, pero es una buena alegre, no es una santa triste, siempre estaba alegre. Me acuerdo que una vez hablando por teléfono le dije: Amparo, ¿cómo estáis todos?, bien, bueno, tengo una hija con meningitis pero bien; le decía: Amparo ¡cómo puedes estar tan tranquila!; Maribel hay que tener confianza en Dios: siempre con una confianza, con una paz espiritual y tranquila, ¡con once hijos! Tenía mucha serenidad, todos los recuerdos que tengo de ella son buenos. Los santos no tienen por que ser tristes, esa santidad de mártir nunca, Dios le dio once hijos, y los asumió con alegría y agradecimiento.

Por la fe que tenía, sabía que la vida no se basa sólo en este mundo, tenía mucha confianza en Dios. Estaba muy acorde con el Magisterio de la Iglesia y con la jerarquía eclesiástica.

Cuando íbamos a cenar nunca pedía cosas caras; alguna vez fuimos a sitios buenos, pero pedíamos lo que hubiéramos comido en casa: siempre había alguna persona que aunque se pagase a medias pedía estas cosas más caras.

Yo creo que la vida no es que le haya sido fácil, si no que ella se la ha hecho fácil, por su forma de ver la vida, porque criar a once hijos es duro, es difícil, Amparo no le ha dado demasiada importancia a lo que no tenía, y a lo que tenía le quitaba importancia, creo que ha tenido suerte con los hijos.

La enfermedad la sobrellevó ¡con una entereza, con una resignación!, ¡cómo me lo comunicó!, me llamó para decirme que tenía cáncer, Amparo ¿qué me dices?, si, tengo cáncer, pero Dios proveerá: y me contaba de las curas que le hacían, ¡cómo me tratan, que suerte tengo, mis hijos están muy volcados, y me lo hacen con mucho cuidado! Fui a verla varias veces y con frecuencia tenía que ponerse el oxígeno; ni una queja, como si el estar tan enferma fuera lo más normal, nunca se quejó.

Cuando me enteré que estaban preparando todo para iniciar el proceso de canonización de Amparo me pareció muy normal, no me extrañó nada porque lo había dicho hace años, lo había comentado con Mariano (1) y mis amigas: sabían que tenía una amiga que era una santa moderna, una cosa excepcional; así me imagino yo a la santidad moderna, en la vida actual, con los problemas actuales y sin hacer nada extraordinario, hacerlo todo bien: no me sorprendió nada, no nos sorprendió a ninguno de la familia.

María Isabel Picazas

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(1) Mariano, fallecido.


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