YO CONOCÍ


Amparo con su marido Federico, su madre y su hermano Alberto con su mujer Rosa

Yo conocí a Amparo después de la guerra, en el Colegio del Sagrado Corazón de Godella. De mi relación con Amparo me quedan vivencias que han dejado en mí un recuerdo imborrable y emocionado.

Recuerdo cuando me enfadé con ella, algo para todas impensable. Las compañeras me dijeron, ¡que valor tienes enfadarte así con Amparo! No sabía como pedirle perdón pues me costaba mucho hacerlo y empecé a sentirlo de veras, entonces Amparo me miró y me sonrió, con esa sonrisa que venía de dentro, que notabas que todo lo perdonaba. Me llenó de paz, sólo pude sonreírla también. Su amor al prójimo era tan intenso, tan verdadero que no te dabas ni cuenta.

Comentando entre las compañeras, ninguna recordamos ni un solo hecho, ni una sola palabra de Amparo que pudiera haber sido algo molesta para nadie. Las dos teníamos recuerdos dolorosos de la guerra, pues ambas habíamos perdido a nuestro padre de forma violenta. Pero se nos había inculcado el sentido del perdón y nunca nos dolíamos con resentimiento, sin embargo he de reconocer que Amparo era más generosa que yo.

Amparo era un poco mayor que yo... Era mediopensionista (sólo vino interna los últimos años) y tenía su pandilla fuera del Colegio. Cuando yo salía de vacaciones no tenía planes fuera de mi familia, Amparo siempre se acordaba de mí, despistada y menos desenvuelta. El teléfono sonaba, ¡que es Amparo Portilla! Y su voz, Tere, que hemos quedado y nos vamos al cine, ¡vente!, o en ocasiones, que nos reunimos aquí en casa, ¡vente!, nunca se olvidó de llamarme. Esto que hacía conmigo se lo vi hacer siempre con cualquiera que estuviera sola o aislada.

Siempre he notado que Amparo me quería mucho más ella a mí, era más generosa. Yo hablaba de ella y en casa se la quería muchísimo. Mi madre la llamaba Amparito Portilla y siempre comentaba lo buena, lo educada y animada que era, y decía, y además es guapísima.

Todo el grupo de amigas teníamos fe: ella la tenía y profunda; era piadosa pero nunca alardeó para hacerse notar y seguía la normalidad del Colegio. Si había que defender algo justo, no dudaba en levantar la voz a favor de la justicia.

Vivimos una adolescencia en un ambiente muy cobijado: por las familias y por el Colegio, donde tuvimos la suerte de estar con las mejores Madres: Gurrea y Sáenz Diez. En el último curso éramos siete compañeras, “los siete sabios de Grecia” nos llamábamos y cada una tenía un nombre. Hicimos el Examen de Estado sólo cuatro: Amparo Portilla, Amparo Boix, Luisa Plá y yo, las cuatro lo pasamos a la primera. Todas éramos inteligentes -¡porque no decirlo!- y teníamos unos caracteres muy definidos y dispares.

Nos formaron conservando nuestra individualidad, sin torcernos, solo limando aristas. Y así convivimos con verdadera unión y queriéndonos de verdad. Yo creo sinceramente que si pudo ocurrir esto, se lo debemos a la enorme caridad de Amparo que podía con nuestras disputas y enfados. Nunca estando ella delante, nos dejó burlarnos o criticar a otros: y como era natural ella nunca, nunca, ni siquiera molestó a ninguna.

Después del Colegio yo comencé la carrera, ya no tuvimos tanta relación. Seguimos viéndonos ocasionalmente. Cuando venía a Valencia era un motivo para enseguida reunirnos todas. En una ocasión oí a mi madre llamarme: Amparo estaba en televisión, intervenían unos matrimonios católicos y hablaron Federico su marido, y ella ¡que bien lo hicieron!

Cuando supe de su enfermedad se me encogió el corazón. Amparo Boix me tuvo al tanto de todo el proceso y estábamos admiradas de su actitud ante el dolor y la muerte. El día de su funeral en Valencia, la iglesia se llenó de antiguas del Colegio: nunca había ocurrido una asistencia tan masiva como aquella.

Creo que todos los que la conocimos teníamos recuerdos suyos que nos habían ayudado a ser mejores. Me enteré de que se estaba preparando todo para poder iniciar su proceso de beatificación estando en casa de Lola Navarro -otra compañera del Colegio-. Me emocioné y me dio por llorar; Amparo Boix, con su habitual gracia, me hizo callar, Tere calla ahora vamos a escribir a Luisa Pla para darle la noticia. La contestación de Luisa en su carta fue así de sencilla ¡No me extraña!

Doy gracias a Dios por haber convivido con ella. Soy consciente de que en muchas ocasiones me ayudó a ser mejor, sin sermones, sólo con su presencia, con su modo de vivir.

Ahora pido su intercesión y ayuda y me obtiene muchos favores. La he convertido en mi compañera, llevo su estampa y cualquier cosa que voy a hacer, que me veo en conflictos, tontos, normales, pero para mí son complicados, digo ¡Ay Amparo que se resuelva! Y no es que se resuelvan bien, ¡es que se resuelven fabulosamente bien!.


Mª TERESA CUESTA SANCHO
Valencia, 26 Mayo 1999


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