YO CONOCÍ


Amparo y Federico, con sus hijas Asunción y Nuria y con Ángela y Rosa Villate

Mi familia se trasladó a vivir a un nuevo bloque de pisos en la calle Sainz de Baranda, en Madrid; todos los inquilinos éramos nuevos. Yo tenía 10 años y estudiaba en el colegio del Sagrado Corazón de Caballero de Gracia; mi madre también había sido alumna del colegio y era Hija de María y como tal llevaba la medalla siempre al cuello.

Me contó mamá que un día bajando las escaleras, al llegar al cuarto piso se encontró con una señora joven que salía de su casa, que al ver la medalla de Hija de María que llevaba, la paró y con mucha alegría le dijo que ella también era antigua alumna e Hija de María del colegio de Godella
(1); entre ellas se estableció una amistad que duraría hasta su muerte.

Me acuerdo de ver entrar y salir del portal un matrimonio joven, siempre alegres y elegantes, algo que me atrajo; mis recuerdos me llevan a esos días en los que me convertí en parte de la familia; sólo tenían un hijo y era un bebé. Yo ayudaba a Amparo a llevarle en brazos, a bañarle, a ponerle a dormir y también le hacía algunos recados; quedó embarazada poco después de conocerla.

Tenía la casa muy limpia, siempre bien arreglada, con gusto, sin lujos. Trabajaba en su casa una empleada del hogar Albina; yo noté enseguida el cariño y la delicadeza con que la trataba y se preocupaba por ella.

Estaba siempre alegre; no la he visto nunca sin hacer nada: te hacía pensar que eras tú la que hacías las cosas mejor que ella; a mí que era más pequeña me pedía opinión, me hacía sentirme importante. Amparo me hablaba de Dios -sin beaterías- sin darme sermones y eso me hacía mella. En una ocasión me dijo: Cuando sé que voy a tener un hijo lo único que le pido al Señor es que sea santo; esto nunca se me olvidará.

Cuando cumplí los dieciséis años, me invitó a hacer un curso de retiro en Molinoviejo (Segovia). Salí entusiasmada y con buenos propósitos que gracias a Amparo, su ejemplo constante, su interés por mí, pude ponerlos por obra y pedí la admisión como numeraria del Opus Dei
(2).

Me fui a vivir a Valencia y estando allí me enteré del accidente de coche que había sufrido y que Amparo estaba llevando con mucha visión sobrenatural y alegría. Más tarde marché a Santiago de Compostela, a Londres y posteriormente a Filipinas donde resido.

Durante estos años mantuvimos correspondencia aunque no muy a menudo por nuestras ocupaciones. En todas sus cartas había una nota igual: en la felicitación de Navidad de 1988 me decía: Tu madre estupenda. Siempre que voy con ella salgo fortalecida en la fe y en la esperanza ¡siempre me ha recordado a la mujer fuerte de la Biblia!; en realidad la que se quedaba removida por dentro era mi madre.

Recibí con mucho dolor la noticia de su cáncer que ella misma me dio por carta de la manera más natural. A los dos años me comunicaron la noticia de su muerte que me llenó de dolor.

Cuando más tarde me informaron del comienzo de la causa de Canonización, no me sorprendió lo más mínimo, estoy convencida de que era una santa, solo me confirmó lo que siempre he sabido de ella; que era una mujer cristiana de pies a cabeza, una persona totalmente entregada a Dios luchando para convertir todos los instantes de su vida en un camino de amor hacia el cielo.

Ángela Villate Ibarra


LEYENDA

1.-
Valencia.
2.- Amparo no pertenecía al Opus Dei.


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