YO CONOCÍ


Amparo y Federico con Maribel, Pilar y Milagro

La primera vez que vi a Amparo fue cuando fui a Valencia para asistir a su boda.

La veo en el anden del tren, junto a su madre, una chica muy guapa, de mirada dulce y decidida, que nos fue a recibir.

Desde entonces  hasta su fallecimiento ha estado presente en mi vida, influyendo en ella con su ejemplo de sacrificio cotidiano y amor hacia Dios y hacia todas las personas.

Yo no podría dar a mis padres, al ser soltera y a pesar de todos mis deseos, la natural satisfacción  de sentirse rodeados de niños que alegraran su vejez, y Amparo,  con toda sencillez y amor, hizo esto realidad, fueron abuelos sin serlo, vivieron sus últimos años acompañados de todos sus hijos, nacimientos, primeros pasos, colegios, verlos crecer, y el cariño del matrimonio Amparo-Federico como los mejores hijos y hermanos del mundo.

Y Amparo, siempre sonriente, con tiempo a pesar de todas sus obligaciones, de escuchar a todos con verdadero interés, procupándose por resolver sus problemas y alegrándose por qué no, con sus alegrías.

No, no hubiera sido lo mismo mi vida sin su presencia constante y enriquecedora.

Durante toda su vida nos dio ejemplo de amor a Dios y también a los hombres, pero no en abstracto, sino concretándose en las acciones de cada día.

Siempre   estaba junto al más necesitado, animándole y ayudándole. Si en una reunión había alguien con  algún  impedimento, junto a él se encontraba Amparo, hablándole más fuerte e integrándole en la conversación general si era algo sordo, ayudándole a levantarse si no podía hacerlo, consolándole, escuchándole y aconsejándole si se encontraba preocupado o deprimido.

Y nunca, nunca, la oí hablar mal de nadie, encontraba en todos lo bueno que tenemos y lo malo lo disculpaba. Solo era exigente consigo misma.

Solo pedía una cosa, que amáramos a Dios y a su santa Madre y que tuviéramos  puestos los ojos y el corazón en ellos, para su gloria y para nuestra salvación y eterna felicidad.

Ayudó durante toda su vida a todos los que la rodeaban, familia, amigos, empleadas del hogar  y conocidos, con olvido de sí misma.

Y durante su última enfermedad, nos dio un ejemplo de cómo aceptar la voluntad de Dios, no con resignación, sino con confianza en su infinito amor hacia ella, paciente con sus enormes dolores, con su postración, procurando dar el menor que hacer posible, interesándose por todos los demás, olvidándose siempre de ella misma.

Así recuerdo yo a Amparo.

Milagro Romero Orueta
Madrid, 15 Noviembre 1998


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