LA DELICADEZA DE MAMÁ


Uno de los aspectos más interesantes de la personalidad de Amparo, mi madre, fue su capacidad de descubrir los valores positivos de las personas. Virtud que acompañaba con su rechazo a la maledicencia y a la crítica destructiva. Al mismo tiempo, estaba siempre preocupada por evitar a los demás cualquier molestia o incordio que pudiera perturbarnos. Pero la verdadera razón de estos rasgos de su espíritu, residía en su anhelo de favorecer sobre todo a los más desvalidos y necesitados.

Era tal su miramiento y consideración que la gente, al tratarla, mostraba complacencia, sabedora de que nada desagradable, ningún exabrupto podía esperarse de su boca que, precisamente, regalaba siempre una sonrisa franca, amable y eternamente comprensiva. Esa sonrisa cultivaba la empatía: a los demás, no se nos escapaba que su apariencia solidaria no era mera apariencia si no que hundía sus raices en la propia personalidad de Amparo, exenta de cinismo y alejada de cualquier tipo de ironía hiriente o desconsiderada. Delante de ella, nosotros, sus hijos, no podíamos criticar a nadie. Esto nos contrariaba momentáneamente, puesto que no sólo evitaba caer en esa tentación si no que también rechazaba esa práctica. Al final, teníamos que reconocer la impresión cautivadora de serenidad y benevolencia que dejaba en el recuerdo de los que la trataban.

Esta delicadeza la practicaba con su familia, con todas las personas, hasta con las criaturas animales y vegetales más insignificantes. Yo creo que era una predisposición de su espíritu. Esa preferencia por el bien ajeno, por la vida, por la armonía universal le hacía proclive a los actos más diversos: desde socorrer a un perro abandonado, hasta recitar unos versos de San Juan de la Cruz mientras faenaba, pasando por recoger del suelo unos papeles que afeaban la calle durante el paseo. Visitaba a los dolientes, procuraba que los suyos atendieran a los ancianos, elevaba sus oraciones impetrando paz y justicia en el orbe.

Tal era su desvelo por otras personas que, fruto de esa preocupación, había inventado, sin darse cuenta, muchos años antes de que fuera popular, la recogida selectiva de residuos, claro que entonces no eran residuos, sino productos útiles para otras personas. Hueveras para la señora que vendía huevos, frascos para la mielera, para la lechera tarros de yogur, etcétera.. Los almacenaba en la despensa y cuando las visitaba depositaba su carga de solidaridad sin estruendo, con amor

Cuando la acompañaba, me daba cuenta de que los ancianos y los discapacitados la querían de verdad; se paraba, se interesaba por ellos, los visitaba en sus casas y, aun cuando tuviera mucha prisa, siempre encontraba un momento para atenderlos. Creo que nunca tuvo un enemigo personal, porque siempre procuró que sus actos fueran hijos de la buena fé.

Solía ensalzar las virtudes ajenas. Estos agasajos se me antojaban exagerados, sobre todo en las ocasiones en que ella, por ejemplo, atesoraba más cualidades o de mejor condición que la persona aludida de turno; a mis ojos, se trataba de una
injusticia para con algo mío, mi madre.

"Si no puedes decir nada bueno de alguien, más vale que calles.

Claro, a veces la conversación se movía por caminos sutiles, cercanos a la nadería: que si fulano tiene cualidades para la música, que si zutano cuida su jardín de forma esmerada e, implícitamente nuestros pensamientos giraban en torno a los vicios y defectos de los sujetos. Pero aunque fuera muy notoria la falta o tacha de cualquier persona, mi madre, parecía velarla, poniendo sordina a las hablillas y prefiriendo no juzgar. "Toda persona, como hija de Dios, tiene una dignidad y una parte positiva-, decía.

Efectivamente, todas las personas tenían, para ella, un gran interés. Se conmovía con los nacimientos, no sólo de las personas allegadas, sino también de las más lejanas, como si celebrara el misterio de la vida en permanente renovación ; de afectaban las dolencias de los enfermos aunque no fueran muy cercanos, se interesaba por ellos con sincero interés y, así, iba ampliando el círculo de sus oraciones y desvelos.

Mi madre carecía de tiempo libre, es decir, de ocio y tranquilidad dedicados a ella misma o, por lo menos, en la proporción que me parece razonable; y, cuando las circunstancias le permitían un momento de descanso, se encargaba de aprovecharlo para decidir acerca de las visitas, cartas y otras atenciones que iba a procurar a esa larga lista de personas que podía abarcar. Pero le parecía poco y entonces se lamentaba: "Dios nos ha dado sustento, casa para vivir al abrigo, y ¡hay tanta gente en el mundo desamparada, indigente!.

Todas estas ideas son nociones concéntricas en torno a la cualidad de mi madre que inspiraba sus actos: la delicadeza. Delicadeza agudizada por su honda e implacable creencia religiosa, por su fe. Tanto era su cuidado por no molestar que, cuando nos enteramos de su enfermedad mortal, se preocupó, con denuedo, de consolarnos, de levantarnos de nuestro abatimiento. Así era mi madre.


.......................................................................................................................

[Más]