EL AMOR A LA LIBERTAD


Entre las muchas cualidades humanas y espirituales de mi madre quiero resaltar su amor a la libertad, fruto de su caridad y respeto por los demás. Destacaba en su amor compasivo y misericordioso por los demás, virtud que fue desarrollando a lo largo de su vida y que impulsaba su encendida defensa de la libertad de las personas. Mi madre descubría el valor de cada ser humano, por ser reflejo de Dios. En una ocasión comentaba: "Un hombre es lo mejor de toda la creación, lo más perfecto. Lo que resume, en inteligencia y el valores, lo mejor de toda la creación. Cada vez que tenía un hijo, pensaba que aportaba al mundo un nuevo ser, inteligente, capaz de llevar dentro muchos valores: de cariño, de comprensión de unión a otros hombres, de ayuda; que podía servir para ayudar a los demás".

Para vivir este amor a la libertad tuvo que exigirse, tuvo que luchar, y en ocasiones le costó sufrimiento y dolor. Aceptar lo que sus hijos elegíamos en nuestra vida, a veces, tan diferente a lo que ella hubiera querido, le costó sin duda (y no sólo lágrimas), pero ella supo aceptarlo como parte de su amor por nosotros.

En una ocasión, hablando de sus hijos, dijo: "Aunque muchas veces me enfado y pienso que a lo mejor es un fracaso, porque se pelean, porque se enfadan, porque no quieren colaborar.., pero quizá es porque se están formando todavía, y un día quiero que sean unos hombres que valgan."

En casa nos educaron en libertad, quisieron darnos la educación humana y religiosa que ellos mismos habían recibido, ya que creían que era lo mejor que nos podían dar. Nos llevaron a colegios religiosos, con un esfuerzo económico importante, y recibimos la educación en virtudes humanas que veíamos puestas en práctica en ellos: laboriosidad, generosidad, alegría y, sobre todo, el respeto a los demás y el amor a la libertad.

Le gustaba repetir que "para las madres y para Dios, todos somos hijos únicos". Y era cierto, para mi madre cada uno de sus hijos éramos únicos. Cuando alguno de nosotros se encontraba fuera de casa unos días, siempre tenía un recuerdo para él, y en las comidas o cenas, siempre concurridas ( como no podía ser de otra manera con once hijos) decía: "¡Cómo se nota que falta fulanito!". Cada hijo sabíamos que le importaba todo lo nuestro, alegrías, penas, preocupaciones, ilusiones.

Cuando nos veía más callados o pensativos, daba igual que fuera en medio de una comida o cena e independientemente de quién estuviera delante, nos decía: "¿Qué te pasa? ¿En qué piensas? ¿Estás triste?". Para ella en ese momento solo estabas tú.

Sabía comprender, esperar, ponerse en el lugar de los demás, y todo esto le hizo desarrollar su amor a la libertad. Mi madre comprendía los fallos ajenos, los aceptaba como algo natural al ser humano. Tenía en cuenta las circunstancias que habían hecho obrar de determinado modo a las personas y, por tanto, podía disculpar comportamientos que a simple vista parecían reprobables.

Sobre la libertad de la fe tenía muy claro que el "acto de fe es voluntario por su propia naturaleza".

Una amiga de mi madre, de religión protestante, había recibido formación católica y mi madre e-n ocasiones hablaba con ella sobre la fe. Hablando de esto me comentó que esta señora había hecho todo lo que podía, recibir clases de religión católica, pero que la fe era un don que Dios daba, y que solamente podíamos pedir a Dios que le concediera el don de la fe. Sabía que la fe "es un don gratuito que Dios concede al hombre" (2). Procuró acercar a Dios a las personas que la rodeaban, sin presionar ni tratar de imponer sus ideas religiosas o sus puntos de vista. Conforme nos íbamos haciendo mayores y cada uno comenzaba a tomar su camino, en ocasiones muy diferente a lo enseñado y deseado por ella, recibimos orientación y consejos oportunos, nunca dejó de decir nos lo que como madre debía, pero siempre percibimos que teníamos la libertad para decidir por nosotros mismos. Nos formaba en libertad. El hecho de escoger algo muy diferente a lo esperado por ella nunca fue causa de merma en su cariño y en su cercanía. Rezaba por cada uno de nosotros, siempre estaba cerca, pero con respeto por la libertad de cada uno de sus hijos.

No imponía, explicaba las cosas y lograba que su interlocutor terminara diciendo "pues es verdad, ¿Por qué no vamos a hacer esto?". Su persuasión, sus argumentos, nunca buscaban vencer, sino convencer, lograr adhesiones, nunca sumisiones.


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