YO CONOCÍ A AMPARO


Conocí a Amparo y a Federico, su marido, con motivo del nacimiento de su hija Ángeles, número 10 en la larga escalera de vástagos Romero Portilla. Me llamaron la atención sus ojos azules, profundos y serenos y una gran sonrisa que contagiaba alegría a su alrededor. Me atendió con mucha amabilidad y cariño, sin empalagos, porque Amparo era muy natural y espontánea en su trato, sabía escuchar con interés y tenía una palabra justa con un puntito de buen humor.

En 1964, es decir, un año después, nos hicimos cuñadas, me casé con su hermano Alberto, y el trato fue aún más cariñoso y entrañable. Siempre sonreía, tenía tiempo para atender a todos y, si se veía más apurada, decía: - Perdona Rosi, “¿me ayudas, por favor, a doblar estos calcetines?, te lo agradecería mucho”. Y así, con pequeños encargos y conversaciones con fundamento se nos iba metiendo muy dentro. Le gustaba reunir a su numerosa familia en tertulias tras la comida o la cena, respetaba las opiniones de otros, pero exponía con claridad su punto de vista, que era, la mayor parte de las veces, francamente acertado.

Cuando nació nuestro  primer hijo vino desde Madrid enseguida a visitarnos, y eso que vivíamos en Zaragoza entonces. Representó un trabajo extra dejar a sus hijos pequeños para estar con nosotros unas horas, pero lo hizo con toda naturalidad. Y con toda naturalidad estuvo también en la operación de nuestro octavo hijo, Miguel. Fue una intervención complicada que duró seis horas. Amparo no se movió de nuestro lado, y aquella noche larguísima que el niño pasó en la UVI ella estuvo a mi lado, con palabras de aliento y sin importarle para nada la incomodidad de un sillón en el pasillo. Creo que es una de las cosas que más recuerdo de ella, su serenidad y delicadeza para apartarse sin molestar cuando los médicos venían a darnos una información puntual.

Veraneaban en Riaza, provincia de Segovia, en una casa espaciosa, con muchas camas y mesas extensibles que sen llenaban en vacaciones, sobre todo los fines de semana. Allí acudíamos todos, hermanos, sobrinos, cuñados, etc.…y nos atendían siempre con una serenidad y alegría grandes; digo serenidad, porque suponía una tarea fuerte añadir comida, platos y, sobre todo muy especialmente, tiempo, de lo que no andaban especialmente sobrados. Amparo se volcaba en cada uno de nosotros haciendo preguntas interesantes, tertulias de sobremesa jugosas y ¡ah!, todo eso dando biberones a sus hijos y colocando alguna tirita a los sobrinos especialmente traviesos. Realmente, no sé como lo conseguía.

Su capacidad de trabajo era grande, siempre tenía una labor entre manos, un arreglo de ropa, etc. Si se te ocurría alabarle algún gesto especial, contestaba rápidamente. “Quita, quita, exagerada, eso no es así”.

Recordamos todos, los paseos por el Rasero, explanada de Riaza, a veces rezando el rosario, animándonos a acompañarla, o las frecuentes romerías a la Virgen de Hontanares u otros santuarios a los que tenía especial predilección, todo ello en un ambiente de camaradería y buen humor. Luego la vuelta a casa, los baños, las cenas, donde el matrimonio Romero hacía doblete para atendernos a todos. Nos dejó un recuerdo especial e imborrable de aquellos veranos en la sierra Segoviana.

Estuve unos años más decaída y Amparo me llamaba con asiduidad y rezaba por mí, de esto estoy segura. Cuando estuve más delicada, después de una intervención, Federico y ella se hicieron cargo de nuestros dos hijos más pequeños. Su casa, en la calle Jerez de Madrid, era un hogar lleno de paz y mucho trabajo, donde todos, hijos, nueras o yernos, hermanos, nietos, amigos, visitas, eran tratados como personas individuales. Se estaba tan bien allí que las horas se hacían cortas y costaba trabajo despedirse para ir a la calle. Era ponderada, sencilla y muy humana. De ella aprendí muchas cosas y fue la hermana que siempre deseé tener.

Luego llegó su enfermedad, aquellas tremendas operaciones y curas que para asombro de propios y extraños llevaba con una sonrisa. Lo mismo daba llegar por la mañana, cuando todavía se estaba aseando, que al final del día, cuando cansada se le entrecerraban los ojos.

Participaba de las conversaciones, sonreía, asentía y te daba ánimos desde su cama con tanto garbo que parecía ser ella la agradecida y feliz con nuestras visitas, sin darle importancia a las múltiples molestias y dolores que sufría.

La enfermedad avanzaba deprisa, a la vez que aumentaba su paciencia e interés por todos, le gustaba vernos frecuentemente y escuchar comentarios de actualidad, seguía plenamente todas las pequeñas cosas diarias.

Los últimos días, sin poder hablar ya (tenía metástasis cerebral), nos sonreía y estaba con nosotros y con otros muchos familiares en la misma actitud de siempre.

Su ejemplo de vida, de placidez en la agonía, nos enseñó cómo debe ser un cristiano cabal. Su marcha al cielo fue consecuencia de ello. Lo hizo un 10 de mayo, día de la Virgen, a la que tanta devoción tenía, y aquello, por lo menos a mí, me pareció una caricia de la Señora.

ROSA CIRIQUIANIN


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