CASA ABIERTA Y APOSTÓLICA


Entre las virtudes de Amparo queremos destacar un aspecto de la caridad que es el ejercicio de la hospitalidad. Aludiendo al Concilio Vaticano II, no hay duda de que el hogar de Amparo era una "casa abierta", donde todos se sentían acogidos y queridos.

Desde que se casó vinieron con mucha frecuencia a su casa de Madrid o a la casa donde pasaba unos días de verano, no sólo miembros de su familia o de la de su marido: padres, hermanos, cuñados, primos o sobrinos, sino que muchas veces amigos de unos u otros pasaban uno o varios días, incluso en alguna ocasión personas desconocidas que no tenían donde pasar la noche. A todos recibía dando lo que tenía con gran alegría.

Sobre este aspecto existen numerosos recuerdos y testimonios de los que recogemos algunos: "Vuestra casa me pareció siempre completamente distinta a todas las otras, daba una gran sensación de hogar, no sé si por la casa o por su dueña"; "Me admiraba siempre la forma de educar a sus hijos, tenían cada uno sus responsabilidades y todos estaban tan alegres, en su casa se respiraba algo fuera de lo corriente, la confianza que tenían sus hijos con ella, esa alegría de todos en esa familia era una maravilla", un sobrino de su marido recuerda como detalle de fina caridad de Amparo como al pasar algunas temporadas en Riaza y darse cuenta que en la casa había encargos pensó que debía también ayudar pero Amparo le dijo que no hasta que se dio cuenta que en su casa también los había y que se sentiría mejor si colaboraba. También recuerda una ocasión que estando en casa de Amparo se sintió mal y ella se despertó y le atendió durante la noche "con todo el cariño y buen humor como lo hubiera hecho una madre muy buena". Sobre un día de Reyes otra persona comenta que su casa tenía aire divertido de familia numerosa, hijos, nietos, unos jugando, otros llorando... en fin cada uno en su salsa y Amparo reina del hogar y gran madraza. Siempre que he ido a su casa estaba dispuesta a dar lo que tenía, era paciente, alegre, generosa y atenta. Se notaba que era una gran madre, todo una señora. Un sobrino de su marido tras pasar unos días que en Riaza recuerda la hospitalidad y absoluto respeto a la libertad que recibió junto al trato cariñoso de Amparo, siempre como si fuera la primera vez que iba a la casa.

La virtud del orden llevaba a Amparo a ejercitar el apostolado en primer lugar con sus hijos, los más próximos. No era una madre machacona y pesada; al contrario, tenía una forma sugerente de animar, de razonar, de estimular. Era un apostolado más bien del ejemplo que de predicación. En su casa la televisión era un componente más del descanso, de la cultura y de la distracción. Amparo tenía un criterio recto sobre su uso, en cuanto al tiempo y, en particular, sobre la calidad moral: no admitía la menor zafiedad en los programas ni en las películas. Recuerda una de sus hijas que en algunas que otra ocasión los hermanos mayores se quedaban por la noche para ver una película y Amparo solía acompañarlos, aunque a veces estaba cansada o no tenía ganas, pero comprendía que no era prudente dejarlos solos frente a una película aunque pareciera no presentar inconvenientes. El desarrollo del film era motivo para comentar las distintas actitudes de los personajes, lo que permitía a sus hijos sacar unas consecuencias que le llevaban en ocasiones a apagar ellos mismos el televisor por considerar que era una inmoralidad lo que allí se presentaba.

Amparo supo compaginar su atención a los hijos y a su hogar con actividades apostólicas, como la Obra Apostólica Familiar, que tan abundante fruto dieron y tanta ayuda proporcionaron a numerosos matrimonios, a ser conscientes con su fe no sólo en medio de las respectivas familias sino también ante la sociedad entera.

Tenía una forma espontánea de hacer apostolado. Sin darle una formalidad que pudiera resultar molesta o ingrata para la persona que recibía su ayuda o consejo. Eran actuaciones acertadas con el sentido de aprovechar todas las ocasiones para difundir el bien y predicar de manera amable la buena doctrina. Un pariente de su marido recuerda las sobremesas de la sala de estar o del jardín de Riaza, en las que hablando de manera Amparo le explicaba de qué modo Cristo pasa a nuestro lado. Y destaca como no era nada postizo, o un papel que adoptara a ratos, sino que formaba parte de su conversación natural. "Hablaba con toda sencillez de Dios, del ofrecimiento de las pequeñas labores de cada día, con mucha fe y mucho amor".


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