SÓLO EL BIEN ES SILENCIOSO


¡Qué bien nos sentimos cuando en la vida nos encontramos a una persona que nos sonríe, aprecia lo nuestro y habla y piensa bien de mi y de los demás! Es muy reconfortante, da sosiego y remansa el alma; te hace sentirte querido y en casa.

Amparo era una de esas personas, que se encuentra uno a lo largo de la vida y no se olvidan.

Había entendido el "cuanto quisiéreis que os hagan a vosotros hacédselo a ellos". Este mandato de la caridad lo interiorizó ella desde pequeña, como algo orientativo de su vida que surgía de modo innato e inevitable.

Una aceptación "del otro" y todo lo suyo, que le era natural, pues lo veía como hijo de Dios, iguales todos, fuera cual fuese su nacionalidad, religión, raza, cultura, status social, etc...

Esa sonrisa como exteriorización de una honda caridad, mantenida hora a hora, día a día, año a año. No veía la paja en el ojo ajeno, y si la tenía, sabía descubrir el brillo de su mirada, buscarle una excusa real o creada por el amor y la misericordia hacia todos, incluso hacia extraños.

En su presencia, una crítica o maledicencia no cabían, creaba un clima de comprensión, buscando siempre lo positivo, lo que aunaba, que atraía como un imán.

Con el tiempo he sabido que una persona allegada a ella había hecho algo no muy correcto; me sorprendió saber que Amparo lo conocía y no dijo nada. No quiso quitarle la fama, ni tener el prurito de hablar o de hacer saber que estaba enterada de todo. La buena fama del otro era muy importante y Amparo con su silencio, también sabía vivir la caridad.

Como persona inteligente sabía hablar cuando la justicia lo exigía, y con gran delicadeza no tenía pelos en la lengua, pero lo hacía sin herir.

Recuerdo que una vez dije algo de modo despectivo de un barrio y me dijo: "no digas eso, puede haber alguien que te oiga, que viva o tenga algún pariente en ese barrio y puede sentirse dolido con tu comentario".

También si se comentaba de algo diciendo: "es una horterada", lo mismo me decía: "quizá a ti no te guste, pero alguien que lo use o le guste, se sentirá humillado por esa apreciación, ten cuidado con lo que dices".

Sabía respetar al otro, su modo de pensar, vivir, sentir, apreciando la diferencia, sin ridiculizar nunca gustos, aficiones, pareceres, por muy distintos o contrarios que fueran a los suyos o a su sensibilidad. Esto se acentuaba si el otro tenía algún defecto, físico, moral, o estaba más desfavorecido económicamente.

Esa gran sensibilidad en sintonía continua con el corazón de Cristo es lo que le guiaba a ver como en un espejo, el corazón en todos. Y esto solo puede hacerlo un corazón humilde, Amparo tenía un don que todo los hacía bueno
(1).

Tenía puro el corazón y limpias las mano
s.

(1): Teresa Conejos


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