YO CONOCÍ A AMPARO


Durante nuestra vida, Amparo y yo, hemos tenido diferentes encuentros, no solamente vividos conjuntamente, sino a través de contactos esporádicos.

El primero: Tenía yo unos 12 ó 13 años, cuando ellos, mis primos, se casaron, y fui a esperarlos a la estación de Francia en Barcelona. El tren estaba entrando en el andén, frenando, y de una ventanilla salió una voz cariñosa y dulce, que dijo mi nombre y acertó, porque no nos conocíamos personalmente todavía, únicamente por lo que pudiera mi primo haberle hablado de mí. Y así empezó una relación cariño-comprensión que no nos ha abandonado a lo largo de nuestra vida.

Segundo: Amparo esperaba su primer hijo y yo fui a pasar unos días en su casa. El orden, el sosiego y la felicidad que proyectaba no la han abandonado jamás. Recuerdo que insistió gustosa en que utilizara su traje de novia arreglado, para acudir a mi primera salida con traje largo, al estreno de gala de una película la canción de la Calibran.

Tercero: Yo también tenía ya hijos, han pasado varios años y nos hemos ido viendo esporádicamente, casi siempre en vacaciones, en Calella. Algunos de los niños coinciden en edad con los de Amparo y Fede, y era una experiencia, yo con dos iba loca y ellos con seis y uno de camino (como siempre recuerdo yo a Amparo de madre), eran el prototipo del entendimiento, ella con su sonrisa y su dulzura constante, creaba una familia de cimientos muy sólidos.

Durante la vida: Nos hemos visto muchas veces en bodas, reuniones, viajes, entierros de seres muy queridos; yo le explicaba mis cuitas, mis abatares constantes, ella me entendía, reía mis ocurrencias y limaba las asperezas de lo que yo explicaba. Nos queríamos y a lo largo de los años la compresión se hizo más patente. Llegaron malas épocas y ella me consolaba, cuando hablábamos (casi siempre por teléfono) intentábamos animarnos mutuamente.

Y rezábamos: pedíamos al final por la salud, las dos enfermamos casi al mismo tiempo y nos contábamos nuestras experiencias, pero ella me consolaba a mí, que de momento parecía curada. Y recuerdo con especial cariño el viaje que hice a verla cuando ya muy enferma, consideré que debía despedirme de ella. Estaba en la clínica, recibiendo quimioterapia, con su misma sonrisa, dulce y cariñosa, rodeada de hijos, y supongo de ángeles. No profundizamos en nuestra despedida, para no herir a la familia, pero nuestras almas captaron el mensaje: Te quiero, tu vas a marcharte ya, yo todavía no, cuando veas a mi hijo bésale por mí, Amparo querida me voy a quedar muy sola y te voy a echar mucho de menos.- No te apenes, querida, Allí me están esperando.

Después, ya sólo nos comunicábamos por teléfono, siempre serenas. Tuve la suerte de poderla ver una vez más, en un viaje relámpago de ella a Barcelona, para saber la última impresión de un especialista. Ella estuvo contenta de verme, yo estaba segura de no verla ya nunca más, y así fue, pero su recuerdo está siempre presente, y la llevo en el corazón. Su ejemplaridad ante la enfermedad, fue la misma que tuvo durante toda su vida.

MARIBEL ROMERO CASTILLO


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