CONOCÍ A AMPARO


Soy el hermano menor de Amparo. Cuando nací ella tenía doce años. Dada nuestra diferencia de edad pocos recuerdos tengo, pues ella tenía su propia vida en su colegio, círculo de amistades y familiares, mientras que yo tenía otro mundo distinto que se limitaba a mis juegos y a mi colegio.

Se casó cuando yo tenía once años y el matrimonio se fue a vivir a Madrid. Fue seis o siete años después, cuando fui a Madrid a estudiar la carrera y me alojé en su casa, cuando puede decirse que empecé a conocerla.

Estaban esperando el cuarto hijo, y la recuerdo en esa época y en los diez años posteriores, cinco viviendo con ellos y otros cinco como asociado, en una pensión pero comiendo y cenando habitualmente en su casa, siempre en sus labores de madre de familia, y de familia numerosa, con muchísimo trabajo pues por entonces, las comodidades que proporcionan los actuales electrodomésticos, casi no existían, pero no le oí quejarse nunca.

Recuerdo cómo se desvivía por todos los de la familia. Por ejemplo, los domingos solíamos ir a Misa juntos, y después al volver a casa nos preparaba un aperitivo para que lo tomásemos antes de la comida, pero ella casi no participaba en el mismo, pues en ese rato estaba pendiente de ultimar la comida que luego nos iba a presentar a los demás.

Trataba con gran cariño y afabilidad al servicio y se preocupaba por su bienestar y sus problemas. La mayor parte eran chicas jóvenes que habían tenido que dejar el pueblo y la familia para ganarse la vida en la ciudad. La prueba palpable de que les atendía, comprendía y solidarizaba con sus problemas es que todas, cuando dejaban su casa, la mayor parte para casarse, seguían visitándola con asiduidad y con alegría de volverla a ver. Eso yo lo notaba. No eran visitas de “cumplido” o para pedir algo.

Iba a su casa una persona, Fernanda, ya mayor, para coser, planchar, repasar la ropa..., Amparo siempre la trató con mucho cariño preocupándose y aconsejándole sobre los problemas que ella, que era soltera, tenía con sus familiares.

Todo el que estaba cerca de ella y tenía que realizar un esfuerzo físico o intelectual, recibía una especial atención. En muchas ocasiones, al volver yo a casa de clase, me abría la puerta con un vaso de leche para mí, lo que denotaba, además de su preocupación por mi salud, el hecho de estar pendiente de la hora en que volvía. Le he visto muchas veces preparar una merienda en una bandeja y llevársela a Fernanda al cuarto donde trabajaba, cuando lo lógico hubiese sido decirle a la mujer que pasase a la cocina a preparársela ella.

Durante los diez años en que estuve estudiando en Madrid nunca, en ninguna ocasión ni bajo ningún concepto, se comportó de forma desabrida con respecto a mí y eso que, como toda persona, y más un chico entre diecisiete y veintiséis años, tendría mis manías, actitudes o hechos productores de fricción para con ella o sus más queridos allegados (marido e hijos).

He resaltado hasta ahora hechos que indican su forma de vivir la virtud de la Caridad que, en efecto, fue un rasgo esencial de su vida, pero yo la definiría también, por lo que pude apreciar, como una “mujer fuerte”. Fue fuerte en sus creencias y en su forma de defenderlas en su entorno (colegios de sus hijos, reuniones familiares, actos sociales…) donde siempre defendió los aspectos fundamentales de la Fe y la ortodoxia emanada de la jerarquía eclesiástica, por la que se preocupaba en estar al día.

También fue fuerte en los momentos en que Dios le probó físicamente, sobre todo con ocasión de una lesión de columna provocada por un accidente que la tuvo escayolada desde el cuello hasta las piernas, durante muchos meses, en verano y, además, embarazada y, de manera especial, en la enfermedad que acabó con su vida, un cáncer de pulmón. Aguantaba con buena cara, incluso bromeando con los que allí estuviéramos hasta que no podía más y, entonces, se callaba sin quejarse o se retiraba a su habitación. Tanto es así que, con frecuencia, los que íbamos a verla perdíamos la noción de que estábamos con una persona muy enferma y nos comportábamos como si de una normal se tratase.

Alberto Portilla Crespo


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