CONOCÍ A AMPARO


Vuelvo a escribir en esta sección, por deferencia de quienes dirigen la publicación de “Recuerdos y Noticias”, algunas de mis impresiones y experiencias del tiempo que conviví con Amparo y su familia en su casa de Madrid.

Lo primero que tengo que confesar es que, aparte de mi mujer que juega en otro plano o, por decirlo de otra forma, “fuera de concurso”, Amparo ha sido la mujer a quien más haya apreciado, después de a mi madre. Seguramente porque le tocó hacer ese cometido en diversas ocasiones. Primero en mi infancia. Nuestra madre se quedó viuda con cuatro hijos, la mayor Amparo (12 años) y el menor, recién nacido, yo y, bastantes de los trabajos del cuidado de mi persona, se los encomendó a ella que ya empezaba a dejar de ser una niña.

Después volvió a ejercer de madre durante mis estudios en Madrid, desde los 17 a los 26 años, el período de vida más difícil, rebelde y contestatario de cualquier persona, y ejerció ese cometido con un exquisito espíritu fraterno-maternal.

La recuerdo siempre sonriente y serena, atareada en su quehacer cotidiano y cumpliendo, con alegría y sin fisuras, los deberes propios del estado en el que Dios le había asignado su misión en la tierra. Por ello, ya lo apunté en mi anterior escrito, los que convivíamos con ella no nos dábamos cuenta que lo hacíamos con una persona singular.

Todo lo hacía fácil, agradable y con delicadeza, de tal forma que, los que estábamos a su alrededor, pensábamos que su vida discurría “sobre ruedas”. Y, obviamente, no era así. Dios le probó muchas veces y en diversos aspectos en su vida, con dificultades económicas, familiares, de salud propia o de sus allegados… y, aunque esto ya no era tan patente, supongo yo que también le probó con las mismas debilidades que tenemos todo ser humano de independencia personal, egoísmo, vanidad, satisfacción de diversos placeres, etc.

Es decir, preocupaciones y dificultades las hubo y tentaciones las tuvo que haber (Dios prueba más a quien más quiere, ya se lo echó en cara Santa Teresa en alguna ocasión), pero ponía los medios para paliar unas y luchaba contra las otras sin que, exteriormente, se le notase.

En definitiva, Dios le puso como esposa y madre de familia cristiana y, como esposa y madre de familia, con todas sus consecuencias y las veinticuatro horas del día, ejerció los más de cuarenta y cinco años en que estuvo casada.

¿Es ello extraordinario? Dicho así creo que no, muchas mujeres lo hacen, lo han hecho y lo seguirán haciendo pero, visto que lo hizo siempre con el gesto amable y alegre, sin fisuras, como he dicho anteriormente, sin “paréntesis”, sin reservas personales y/o mentales (por lo menos yo no las pude apreciar), sin esos islotes a los que nos gusta retirarnos física o sicológicamente cuando estamos hasta arriba de los problemas que suele dar una familia, hacen que ya se empiece a pensar que puede haber un punto de heroicidad fuera de lo ordinario. Y la santidad es eso, vivir heroicamente las virtudes cristianas.

Por último resaltar que es cierto que el crecimiento y desarrollo de las virtudes es fruto del esfuerzo personal de cada uno y, si no existe este esfuerzo, esta lucha, no se acrecientan ni se pulen ni se perfeccionan y, vivirlas con heroicidad, requiere un esfuerzo heroico continuado y Amparo lo pudo hacer porque recibió, para ello, una ayuda inestimable de su marido, Federico.

Federico le apoyó, comprendió y ayudó, es decir, le amó, siempre. Para mí, él fue un esposo excepcional para una mujer singular.

Alberto Portilla Crespo


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