AMPARO, UN ALMA HUMILDE Y GENEROSA


Como consecuencia de su inflexible determinación por encontrar las virtudes ajenas, las de personas que de una u otra forma encontraba en su vida, Amparo parecía admirarlas tanto, que a mí me parecía portentosa semejante exhibición de generosidad. Porque, en el fondo, tal vez insegura de su bondad, de la rectitud de sus actos, o tal vez haciendo alarde de su humildad, Amparo, atesorando dotes y temperamento aun más plausibles, reconocía y alababa los ajenos, como si de vidas de santos se tratara. Me parecía extraño, antinatural, que, quien tuviera lo más, honrara y celebrara lo menos, como si estuviera practicando una suerte de ironía hacia los demás. Pero no. La rectitud de Amparo, de su conciencia, siempre buscando el bien, distante a menudo de lo fácil o placentero, impedían este tipo de licencias. No acostumbraba a faltar a nadie, sencillamente veía lo bueno en los demás y por humildad callaba o silenciaba todo lo bueno de su persona que era mucho y más valioso.

Podría decirse que la humildad la ejercitaba en grado sumo porque jamás, en ninguna conversación, en ningún acto, yo no sé si tampoco hasta ni en ningún sueño, dejaba de reconocer sus propias limitaciones y debilidades y obraba en consecuencia.

Así jamás negó el saludo a nadie.

- Tenéis que saludarle.

Pero ¡si no lo devuelve nunca!

No importa, Dios está en todas las personas y no está bien que las juzguéis, así que siempre debéis saludarles.

Si era así de atenta en los detalles más superfluos, puede uno imaginar como era en otros aspectos de la vida, porque lo hacía todo sin esperar remuneración o dev-olución de favor.

Su modestia le permitía recoger en la vía pública los papeles del suelo o cualquier otra cosa que alguien hubiera tirado y depositarlos, en la papelera- más cercana, sin ningún rebozo. Lo hacía sin reproche, tal vez con alguna jaculatoria entre los labios que desde niña aprendió y hasta la muerte llevó abrochada en el alma. Pero todos estos detalles de mera urbanidad, por sí solos podrían ser nada más que educación o elegancia de espíritu. No obstante en Amparo eran algo más, eran el testimonio de generosidad hacia los demás, la magnanimidad y la nobleza con que trataba M semejante, sobre todo al que sufría. Esto es lo verdaderamente meritorio, lo que caracterizaba su espíritu de entrega y austeridad. Al fin y al cabo, si no hubiera sido así, no estaría escribiendo sobre ella, la recordaría como una persona con mucha delicadeza o, en fin, como una madre, que no es poco; pero no estaría escribiendo sobre ella si no hubiera sido un espíritu volcado en las almas acongojadas, Visitaba a los enfermos, familiares y no familiares y superando el esfuerzo de llevar una casa tan poblada, escribía a personas para interesarse por sus problemas y, en fin, nos inculcaba estos principios a cada momento.

A veces me chocaba tanta insistencia en que atendiéramos a los ancianos con respeto y cariño. Quería que los escucháramos y conversáramos con ellos casi con mimo. Este interés puede ser común y comp-rensible socialmente si se refiere tan solo a los parientes y amigos, pero ella procuraba que nuestro trato fuera semejante con todos, ya fueran conocidos o no, salvando, obviamente, las atenciones derivadas del parentesco. Su labor lenta y paciente no cejaba.

No era partidaria de castigar a los pequeños, de hecho, cuando recibíamos algún correctivo al que nos habíamos hecho merecedores, sin duda, de forma denodada, procuraba atemperarlo lo mas posible, Su magnanimidad campeaba entonces en su carácter. Su esplendidez guardaba estrecha relación con lo que ya he dicho con respecto a los desvalidos, Esta generosidad y esta humildad estaban apuntaladas por una convicción religiosa, roqueña y sencilla, a partes iguales, que le permitió caminar por el mundo disfrutando con las cosas agradables y sonriendo serenamente con los sufrimientos 'propios. Nunca olvidaré como me comunicó que sufría una grave dolencia, humildemente porque aceptaba lo que pudiera venir y generosamente porque me quería consolar a mí, a un futuro huérfano de madre, al que el suelo de pronto le había desaparecido.


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